Relato corto: La muerte de Cronos, de Jimena Tierra

Pedro echa un trago a su lata de cerveza mientras se fija en las nubes violetas que cubren el cielo amenazando al mar con su rugido. Apoyado sobre la baranda que bordea el paseo, metálica y salina, no consigue sacar de su cabeza la idea de que alguien haya sido capaz de hacer algo así. Más aún con Cronos. Se fija en su podenco mezclado, rescatado de la perrera cuando apenas su cuerpo había empezado a crecer. Aparenta sosiego sentado junto a él sobre sus patas traseras, con las canicas negras mirando a un horizonte que no contemplan y un aspecto pensativo cuya mente no razona. No parece que le duela el cuello, aunque la herida permanece abierta. Pedro suspira y da otro sorbo. Contiene un eructo y encoje los párpados para que no le entre en los ojos el humo del cigarro, protegiéndose de la brisa que le viene de frente con muy mal carácter. Las olas impactan contra el malecón vomitando espuma. La misma ira que le ha invadido cuando ha encontrado a Cronos en el pinar, con una soga al cuello atándole a una rama, impidiéndole alcanzar el suelo con firmeza.

Rosa Ureña Plaza

     Pedro bebe de nuevo y masculla. Intuye que ha sido el jodido viejo, ese que va al bar con habitualidad y se llena la boca hablando de sus monterías. Tropezones de odio a la naturaleza animal que se le quedan entre los dientes cariados mientras sus amigos le siguen el juego y Pedro intenta llenarse el buche. A veces ha pensado cambiar de local, solo por no oír sus abominaciones. Sin embargo, no es fácil hallar un buen café en el pueblo. Son pocas las ocasiones en que Pedro se flagela sintiendo que vende a Cronos por unos miserables granos y decide salir zumbando. No sabe qué hubiera sido de él si el perro llega a morir. Si no consigue encontrarle a tiempo y librarle de aquella condena a la horca. Pedro depositaría su vida en las patas del podenco, de la misma manera que Cronos había hecho con su amo.

     Las entrañas del cielo se revuelven al tiempo que su tripa se queja recordándole que aún no ha comido. Ha estado a punto de perderlo todo. Ese viejo ha estado a punto de arrebatarle todo cuanto tiene. Y no duda de que ha sido él porque, cuando estaba leyendo el periódico en el bar, ha entrado jactándose de haber dejado en el pinar, tocando el piano, a un galgo inútil que acababa de encontrarse. A Pedro no se le hubiera ocurrido que podía ser el suyo, de no haber recordado que a Cronos le gustaba escaparse por la ventana de la casa y perseguir a los conejos que veía jugueteando entre los árboles. Y que hacía muy buena mañana. Y que había dejado el cristal corrido.

     «¿Qué coño pasa por la cabeza del que tortura a un animal?», se pregunta. Da una última calada y echa el pitillo sobre la arena de playa, por encima de la baranda. Piensa en los toros. Le viene a la memoria el incendio de Doñana. Se pregunta cuántas vidas se habrá cobrado la mano del hombre.

     —Te quiero —dice mirando a Cronos. Cronos le devuelve la mirada y jadea.

     Pedro coge fuerza y, liberando la angustia, lanza la lata al mar.

Acerca de Jimena Tierra

Jimena Tierra (Madrid, 1979) es escritora y editora del Grupo Tierra Editorial. Licenciada en Derecho por la UAM, se especializó en materia financiera. A lo largo de su trayectoria literaria ha estudiado criminología, así como talleres de género negro impartidos por profesores como Alberto Olmos, María José Codes o Philip Kerr. Es autora de algunos poemas y múltiples relatos cortos, entre los que destaca Escombros, ganador del concurso de Ediciones Saldubia 2014. En el mismo año, fue galardonado su soneto La vida es Aragón. La vida es sueño, obteniendo el premio de lírica en la convocatoria Atrévete a rimar Aragón con... sueño. Ha sido finalista en el certamen Don Manuel de Moralzarzal (2017), ha publicado un libro de relatos negros titulado Conozco tus secretos y ha editado su novela Equinoccio, alcanzando la cuarta edición. En la actualidad, desarrolla su pasión por la escritura conjugando su actividad como gestora cultural y editora.
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